Durante milenios, únicamente el amanecer marcaba el tiempo hasta el final del crepúsculo: Era el reloj de la Naturaleza.
Durante siglos, el caer de las aguas en la clepsidra, la sombra del gnomon, y el volteo de campanas fueron los indicadores del tiempo.

Hacia el siglo XVII sólo algunos campanarios y fachadas de edificios marcaban las horas desde sus poderosas esferas. Los relojes portables tardaron algo más en hacerse imprescindibles:

  • El de bolsillo; heredado del abuelo, acaso irreparable pero que no deja de marcar, al menos, la hora exacta dos veces cada 24 horas…
  • El tierno relojito; regalado en la Primera Comunión.
  • El de cadete para los mayorcillos, el obtenido con los primeros sobresalientes escolares que mostraban ya sus llamativas esferas, tras las que un complicado ingenio de engranajes marcaba, minuto a minuto, el recorrido del latir de cada jornada.
  • El imprescindible reloj de compromiso antes de los esponsales.
  • El supercronógrafo; donde se amontonan esferas, controles, alarmas, pulsadores y coronas.
  • El digital, sin ruedas ni latidos, impecable en exactitud, ligero de peso.

A mediados del siglo XIX, Tomás Alonso Otero; siendo niño, y admirado por la mecánica de un reloj de pared que rescataron de un incendio en la iglesia de Astorga (León), entró en la galaxia de ruedas y latidos de una maquinaria que marcaría la existencia de varias generaciones de relojeros.

En 1898, su hermano José Alonso Otero instala el Almacén de Relojería Otero en la ciudad de Dueñas (Palencia):Relojes de bolsillo y pulsera. Relojes de pared (con las cajas de madera fabricadas en el propio almacén) despertadores y toda la diversidad de maquinarias, cadenas, correas y fornituras. Desde entonces y, sin interrupción, el Almacén es dirigido por las cuatro generaciones durante los últimos 120 años: Su hijo, José Alonso Caballero, su nieto José Luis Alonso Cilleruelo, y, desde 2010, su biznieto José Alonso Torres, actual director de la empresa. Larga vida.

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